lunes, 17 de octubre de 2016

Ser bueno.

17 octubre 2016

Te cuento…
Murcia, las nueve, en mi camarín. Ayer pensaba yo que es importante ser bueno. Lo anteponía a la belleza corporal. Ser bueno y ser inteligente es lo mismo para mí. ¿Qué prefieres que tu hijo sea rubio, de ojos azules y alta talla, o que sea  tan inteligente que llame la atención por su saber, por su bondad y demás cualidades del alma? De tener que elegir, yo me quedo con la inteligencia.

Hay personas inteligentes, con todo, que de vez en cuando no hacen lo que se espera de ellas. “¿Y era tan listo?”, se dice a sus espaldas. Y es que la inteligencia viene a ser como los climas: se miden por la temperatura media. Una persona es inteligente si a lo largo de su vida tiene más ideas claras y geniales que necias y absurdas.

Hasta las personas más inteligentes tienen sus simplezas. Deben ser avisos del Cielo para que su orgullo les haga reflexionar. ¿Es Dios quien da esos avisos a estas personas para que no se endiosen con su talento?

La persona inteligente ve con claridad lo que está bien y lo que está mal, lo que es bueno y lo que es malo, por qué el vecino dice lo que dice contra toda lógica y por qué el otro obra como lo hace y no de otra manera; comprende la envidia, la soberbia y los malos tratos… La persona inteligente ve desde más arriba las causas de acciones incomprensibles a la mayoría; se perjudica y sonríe; le pegan y perdona. Llega al fondo de los problemas y zanja cuestiones que parecen más lógicas con la violencia.

                                    Francisco Tomás Ortuño

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