martes, 11 de octubre de 2016

Cambio climático.

 7 octubre 2016

Te cuento
            Murcia, las doce, viernes. Día más de verano que de otoño. El calor se resiste a dejarnos. Las playas siguen llenas de gente. ¿Será verdad lo del cambio climático, Pusicio?
-No te lo creas, Emeterio, que en millones de años sería mala suerte que nos tocara a nosotros semejante adversidad.
-Tu razonamiento no me convence, que lo que tiene que ser ocurre cuando menos se espera. Un día tiene 86.400 segundos; como tengas que morir de infarto, será en uno de ellos, aunque luego digan: “Con tantos segundos, ¿quién iba a pensar que sería en ese?”.
Tú sabes lo de aquel que entre cuarenta mil espectadores, en un campo de fútbol, recibió el impacto en su cabeza de una deposición de pájaro. El hombre no se lo creía: “¿Cómo ha venido a defecar en mi cabeza entre cuarenta mil?”, se preguntaba. No tuvo más remedio que aceptar su mala suerte, limpiarse la cabeza y seguir viendo las incidencias del encuentro.

-Bueno, cambiemos de tercio. ¿A dónde has ido esta mañana?
-Vengo del supermercado. Hemos ido mi señora y yo a hacer la compra. En el camino pensaba en la Parábola del Rico epulón y el pobre Lázaro, que cuenta San Lucas en el Capítulo 16 de su Evangelio.
-¿Cómo es esa Parábola?
-Había un hombre rico, que celebraba todos los días grandes banquetes. Y había un mendigo, llamado Lázaro, que sentado en el suelo recogía las migajas que caían de la mesa.
-¿Y qué te hacía pensar en la Parábola, Pusicio?
-Del supermercado salían epulones a granel con carritos llenos de manjares y exquisiteces, y en la puerta había no uno como Lázaro sino varios esperando que les dieran unas migajas.
-Hay ricos y pobres en el mundo, Emeterio. No está bien repartida la riqueza.
-Por eso los “escraches” entran a saco a coger lo que no es suyo. Y otros se las ingenian mejor. Me contaron que uno montó en un coche aparcado en la puerta de una vivienda y se fue con él. A los cuantos días lo puso donde estaba con una nota en el parabrisas, que decía: “Perdonen las molestias; era urgente y no tenía coche. Les dejo unas entradas para la función de esta noche en el teatro. Gracias”. Y cuando volvieron del teatro observaron que se habían llevado de la casa hasta las alfombras.

                                               Francisco Tomás Ortuño

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