5 octubre 2016
Murcia, las diez. Hoy va de Cuento:
Don Luis sabía que la idea le nació sin estudios previos, de golpe, por lo que no reconocía en él mérito alguno cuando era entrevistado por reporteros nacionales y extranjeros. Él era médico que vivía de sus enfermos, como otros médicos de su ciudad.
Pero que, desde que tuvo la feliz idea, su vida había cambiado: llamadas telefónicas, solicitudes, entrevistas… Un cambio radical que no sabía si para bien o para mal. Sabía que él había sido el instrumento: se encontró con la idea dentro y la afloró, como podía haber visto otra cosa fuera y la hubiera revelado. Eso era todo.
La madre de don Luis, vivían juntos, ya entrada en años, sentía miedo a la hora de asearse, y él lo sabía. Era horror mirarse en el espejo. Sufría lo indecible. Sus ojos se volvieron tristes y apagados, como perdidos en el pasado, rememorando quizás tiempos felices de su juventud. Sus ojos reflejaban miedo. O ¿quién sabe, pavor al futuro que veía próximo.
Don Luis observaba a su madre y no sabía, como médico, encontrar la fórmula que aliviara su enfermedad. Porque era enfermedad la suya, real y oculta, que la iba consumiendo. Sabía don Luis que la ciencia no había encontrado el remedio que devolviera la alegría de vivir y la alejara del miedo a seguir vviendo.
¿Fue quizás el calendario de su mesa el que le ofreció la idea? Sí, fue una jugada traviesa del calendario. Como todos los días, don Luis entró en su despacho para iniciar la consulta. Varios enfermos aguardaban fuera. Un almanaque ofrecía la fecha con números grandes. Pero, ¿cómo vio don Luis el ocho como un seis? Sonrió: 1964, veinte años ganados al tiempo. Volvió a sonreír, pero quedó atrapado en la idea que le saltó juguetona por la cabeza.
Veinte años menos era la solución a muchas enfermedades como la de su madre. Porque él sabía que muchos pacientes, como ella, sentían pánico al tiempo que pasaba. Estas personas no padecían males orgánicos, pero sí a los años que iban almacenando, ansias de detener el tobogán disparado que los llevaba encima.
Don Luis maduró la idea. ¿Qué ocurriría a estas personas si el calendario se detuviera una veintena de años atrás? Hizo la prueba. Preparó los números de manera que efectivamente, lo que a él le había parecido por ilusión óptica, fuera real. Lo dispuso para que sus enfermos creyeran que el año que se ofrecía, desafiante, fuera justo el de mil novecientos sesenta y cuatro. Y en adelante lo mantuvo para siempre encima de su mesa. Sus pacientes, y con ellos su madre, fueron felices despreocupados del tiempo.
Francisco Tomás Ortuño
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