lunes, 10 de octubre de 2016

La Raja.

9 octubre 2016

Te cuento…
Santana, las ocho menos cuarto de la tarde, en el comedor. Leo lo que dije ayer y se ha cumplido al cien por cien. En este momento, unos a Valencia, otros a Águilas, y a Murcia los demás. Mamá y el que lo cuenta aquí de nuevo.
Todo ha discurrido como estaba previsto: vimos el Coro de la iglesia con ayuda de mi sobrina; comimos en “Coimbra” sin faltar nadie a la cita, y fuimos a la Raja. La ermita era pequeña, pero muy bonita, con una talla de la Virgen del Carmen presidiendo.
Mamá no paraba de explicar a los nietos y nietas que su padre hizo el Sagrario que guardan con tanto cariño los lugareños y que ella lo llevó hace muchos años montada en una mula con aguaderas. Ella en una y el Sagrario en la otra haciendo de contrapeso. Su padre y el cura iban andando a su lado. ¡Cuántos recuerdos para una niña de diez años como tienen ahora sus nietas!
Comparativamente hablando, ¿es la misma ermita la de entonces que la de ahora para la misma persona? “Aquí había un árbol grande”. Y ahora resulta que ve un árbol pequeño; ¿será el mismo que ella recuerda? La Casa Grande que ve, ¿es aquella que ella vio de pequeña? La misma iglesia, ¿es la que recuerda de su niñez cuando fue con su padre y don Juan Paco?

Cuando yo estuve de Maestro en Elche de la Sierra, hice amistad con otro compañero. Tenía cuarenta y ocho años y me parecía muy mayor. Yo tenía veinticinco. Pasaron los años, y cuando yo tenía cuarenta y ocho me acordaba del compañero  Ahora me parecía más joven, infinitamente más joven que cuando íbamos a su cortijo a merendar. “¡Qué relativo es el tiempo!”, pensaba.
Cuando fui a Jumilla de Maestro, mi Escuela fue justo la que tuve cuando era niño. Los mismos bancos, la misma mesa del Maestro, la escalera donde aprendimos el Sistema Métrico Decimal… Y sin embargo, no lo dije a nadie, pero no era la misma, parecía otra, más pequeña, de juguete. “Aquí me sentaba yo de niño”, quería convencerme; pero apenas podía creérmelo. “Sí, era la misma”. Era yo el que era otro. La Escuela seguía siendo la misma, pero los niños que éramos habían cambiado; ahora eran hombres y su visión de las cosas era diferente.

                                               Francisco Tomás Ortuño

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