24 octubre 2016
Te cuento…
Hace unos días, llamados previamente, fueron dos bolivianos a mi casa de Santana a trabajar en la tierra. ¡Cómo le gusta a mi mujer dirigir la operación de estos hombres!: “¡Aquí un caballón para que el agua no corra”. “¡Cuidado con las plantas!”. “Un riego a las oliveras”... Y ellos detrás cavando y haciendo por donde ella les marca.
A mí me dan pena los bolivianos; vienen de tan lejos... Pensarán en su mujer y en los hijos que quedaron al otro lado del mar. “Me marcho a trabajar”, dirían un día, y la familia los vería partir, en el barco o el avión, para una espera incierta e interminable. Es el drama de los que no tienen trabajo, como ocurrió en España o como ocurre todavía.
Hermosa Bolivia de Suramérica, con un millón de kilómetros cuadrados y unos cinco millones de habitantes, católicos la mayoría: te deseo lo mejor. Mis trabajadores de Bolivia hablan español, pero entre ellos hablan otra lengua; debe de ser el quechua o el aimará, que también son lenguas de allí.
Se les ve a la legua que son buenos –por la cara se come el pan-, honrados y serviciales. No son altivos; más bien sencillos y con fervientes deseos de agradar.
Francisco Tomás Ortuño
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