jueves, 10 de noviembre de 2016

Sobre la marcha puede saltar la liebre.

9 noviembre 2016

Te cuento…
Murcia, miércoles, las once in the morning.
Se acercaba la Pascua y fue Jesús a Jerusalén. Cuando vio que en el templo había vendedores de ganado y cambistas con mesas rebosantes de dinero, se indignó tanto que, furioso, tiró las mesas de los cambistas y espantó a las ovejas y los bueyes, que corrieron sin control. “¡Fuera del templo!” –gritaba- “¿En qué habéis convertido la casa de mi padre?”. “¡Fuera todos!”.

Luego, los judíos le preguntaron: “¿Por qué has hecho esto? ¿Acaso es tuyo el templo? ¿Cómo dices que es la casa de tu padre? ¿Puedes probarlo?”. Y Jesús les respondió: “Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar”.
-No sabe lo que dice; más de cuarenta años tardaron en construirlo y dice que él en tres días lo levantaría –comentaron.
Cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de lo que dijo y vieron que se refería a su cuerpo.

-¿De qué vas a escribir hoy, Basílides?
-Sobre la marcha saltará la presa. Ya había empezado a contar lo que ocurrió a Jesús cuando fue a Jerusalén y encontró el templo convertido en un mercado.
-Ah, yo pensaba que no iban por ahí los tiros estando las Elecciones de los Estados Unidos recién salidas del horno, como quien dice de cuerpo presente.
-Sé que ha ganado Donald Trump, del partido republicano, pero eso lo dejo para los periodistas.
-Entonces, ¿con qué vas a llenar la hoja?
-Te repito, Braulio, que sobre la marcha puede saltar la liebre. Lo mismo me pasa con los sueños: cuando me acuesto, pienso: ¿qué soñaré esta noche?, ¿dónde la pasaré? Y dejo que Morfeo me lleve a otro mundo por unas horas.

¿Te dije que un tiempo me dio por recoger mis sueños? Hasta buscaba a posteriori la relación que pudieran tener con acontecimientos de vigilia. “He soñado que andaba perdido en la selva y una culebra me perseguía relamiéndose del festín que pensaba darse con mi persona”. Y lo relacionaba con un programa reciente de la tele donde unos exploradores se las vieron con toda suerte de peligros.
Nunca hubiera acertado, cuando me acostaba, con lo que iba a soñar, dónde estaría, ni con quién. Lo dejaba en manos de un diablillo, que me llevara con él de la mano a donde él quisiera. 

Eso me ocurre cuando escribo: pongo la fecha y dejo la mano libre para que escriba lo que le dicte mi cabeza. Porque es mi cabeza la que dice lo que escribo, la que dicta lo que tenga que escribir. Y hasta a veces, con mayor grado de exigencia, me pregunto: si dice lo que escribo en el cuaderno, ¿recogerá de otra fuente lo que dicta?
-A ver, a ver, Servando, ¿qué sugieres?, ¿quién escribe en definitiva?, ¿quién dicta en primer lugar?, ¿de dónde parte el disparo que da en la diana?, ¿de la flecha, de la mano, de la vista? En cuanto a mi sueño, ¿quién sueña y hace que mis sueños vayan por tales derroteros? Y en mis escritos, ¿quién escribe si descarto papel, boli, mano y cerebro?

                                   Francisco Tomás Ortuño

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