viernes, 11 de noviembre de 2016

555

10 noviembre 2016

Te cuento…   A nuestra querida amiga DOLOVI

Murcia, jueves, las diez y media.
Ayer estuve en la consulta de don Vicente. Mi oculista u oftalmólogo, que tanto monta, monta tanto, tomar el nombre del latín o del griego, es hijo de Dolores López Vinader. Su consulta se encuentra en la calle Madre de Dios, frente a Mercadona.
Don Vicente es joven, eficaz, atento. Me puso letras en un cartón para que las leyera. Claro, el tamaño de las mismas iba decreciendo.
Me acordé de aquel paciente que no leía ni con letras como carros de grandes y el oculista, cansado, le preguntó: “Pero ¿sabe usted leer?”. “Pues no”, le contestó. “Entonces, ¿cómo va a leer las letras?; lo podía haber dicho y nos habíamos ahorrado este tiempo”. “¿Me lo ha preguntado usted?”, repuso el paciente.
Cuando vio don Vicente que mi vista no había sufrido variación desde la anterior visita, dejamos mis ojos aparcados o en segundo plano. Le dije entonces que su madre nos mandaba Correos por internet, todos los días, a más de cien amigos, con preciosas vistas de países, flores o cuadros de pintores famosos.
Me dijo que él también los recibía.
-Firma con Dolovi - añadí yo.
-Sí, las iniciales de su nombre y apellidos; a veces con 555.
-¿Y a qué se debe? –seguí intrigado-; he visto que algunos días pone esos números por firma.
Se rio, y me explicó luego que Quinientos en números romanos era una D; que Cincuenta era L; y cinco, V, justo las iniciales de su nombre y apellidos. Todo quedaba claro.
-También es casualidad –pensé-; pocos podrán hacer lo mismo. En mi caso, por ejemplo, los romanos de la Monarquía, de la República o del Imperio, no usaron ni la F, ni la T, ni la O para escribir números.
De vuelta a casa, pensaba yo que la suerte existe. Ya dice el proverbio que unos nacen con estrella y otros estrellados. Mi tío lo decía de otra manera, pero venía a significar lo mismo: “Hay quien abre la ventana y se cuela una paloma para el cocido; a otros les cae un ladrillo de la terraza en la cabeza”.
Pensaba en la suerte de las personas: acaban su carrera y unos empiezan de cero y otros son de continuación o de suma y sigue. Unos tienen que comprar la clínica y los aparatos para atender a los clientes  cuando otros siguen a la madre en su consulta con aparatos que ella usaba. Con las farmacias, lo mismo: Unos empiezan y otros, más afortunados, siguen a uno de sus progenitores. Y tan difícil, a veces, es empezar que no pueden abrir la boutique.
En mis tiempos de estudiante, los que eran de pueblo tenían que salir fuera para hacer una carrera. Unos podían y otros no, pero no por ser mejores o peores estudiantes, sino porque la economía familiar no se lo permitía. La suerte existe, concluí, vaya que existe. Ya Platón, hace más de dos mil años, dijo: “Agradezco a los dioses haber nacido varón, haber nacido griego y no bárbaro y haber nacido en el siglo de Sócrates”. Era cuestión de suerte.
Con estos pensamientos llegué a casa.

                                   Francisco Tomás Ortuño

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