27 noviembre 2016
Te cuento…
Santana, en el comedor, las doce y veinte –it is twenty minutes past twelve-, según aprendí que se dice en inglés y que para qué me va a servir si no lo uso. Con saber que son las doce y veinte en mi reloj, me basta.
-¿Y si tropiezas con un “inglaterro” y te pregunta la hora?
-Déjate de hipótesis, Emilio, que pronto tendremos traductores simultáneos para esos casos. “¿Qué lengua es la suya?”. “La rumana”. Tocas el botón de esa lengua y a entenderte con el rumano. Y eso está a la vuelta de la esquina, como quien dice a menos de media jornada.
-Y dejando la hora, ¿cuándo has venido, Andrés, si amaneciste en Murcia?
-Pues el tiempo de pensarlo y salir corriendo, que sabes que el pensamiento va más deprisa que la luz.
-Tampoco te pases, Emilio, que la luz en un segundo va a la Luna y en ocho minutos llega al Sol.
-Y el pensamiento va y vuelve a las galaxias del espacio en menos tiempo. Fue desayunando mi hija, mi mujer y yo en la churrería de Sagasta cuando saltó uno: “¿Nos vamos a Santana?”. Mamá contestó: “Y vemos si ha llovido”, que era dar el visto bueno a la propuesta. Y Lina remató: “¡Y hacemos el belén!”.
Ya no hubo que hablar más. Del chocolate con churros pasamos a la acción: cada cual preparó sus cosas y al coche. Poco más que contar. Que el tiempo está lluvioso, aunque deja salir afuera; que mamá y Lina están afanadas con el belén y que Sara corre por el monte para desquitarse de los encierros que sufre en el Bajo de Murcia.
-¿Y tú a escribir?
-Yo a contar lo que veo a mi alrededor. Si no lo cuento, cuando mis nietas y nietos tengan nietos y nietas propios, no podrían decir: “Mi abuelo cuando yo era como vosotros nos contaba que el día 27 de noviembre, a las doce y veinte, estaba en Santana y la tía Lina con la abuela Pascuala hacían el belén.
-Sí, claro, pero escribir no deja de ser el papel más cómodo, porque contar no es hacer.
-Según se mire, Emilio. Depende del gusto con que se hacen las cosas. El que monta un belén, si goza haciéndolo, no trabaja. Y el que lo cuenta, si lo pasa bien sentado en su mesa con el cuaderno delante y su boli en ristre, tampoco puede hablar de trabajo. Así, pues, dejemos que las cosas discurran como las aguas sueltas por el monte.
-Deja filosofías, que veo que no hablas de Fidel Castro.
-¿Qué quieres que diga? ¿Qué se fue con Rita Barberá al otro barrio?
-Por lo menos decirlo, que luego el que lea tus Memorias, pueda detenerse a rezar un Padrenuestro por su alma. ¿Le abrirá San Pedro las puertas del Cielo como a Rita?
-No sé, no sé, Emilio, que eso solo está reservado al Jefe. San Pedro pide permiso: “Pasa este?”, “¿Cierro la puerta al que viene detrás?”. Que cuentan que hay sorpresas monumentales: quien crees que es un santo, es devuelto; y a quien crees que van a devolver, le abren las puertas de par en par y salen ángeles a recibirlo con bandas de música.
Francisco Tomás Ortuño
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