domingo, 20 de noviembre de 2016

Ordenador.

18 noviembre 2016

Te cuento…

-Murcia, viernes, las once menos cuarto; Santa Filipina –santa de hoy- nació en 1769 de familia acomodada. Tenía, pues, veinte años cuando se inició la Revolución francesa. En 1805 ingresó en la Compañía del Sagrado Corazón de Jesús. Atendió siempre a los más débiles, ya fueran negros, blancos, indios o esclavos. Fue canonizada en 1988.
Estoy en el estudio de la calle Federico, pero sin imposiciones: hoy el patio está más tranquilo: Mamá borda en la habitación de Lina y la Señora ucraniana no ha venido a limpiar. Pobres ucranianos, bolivianos, peruanos y demás inmigrantes que vienen a España buscando trabajo.
-No me des la mañana, Teofredo, que cuando veo a esa gente huyendo de su pueblo porque tiran bombas, y no tienen donde meterse, se me cae el alma a los pies. Pienso, como el Papa Francisco, si es que no hay misericordia en el mundo.
Y luego aquí, en el Congreso, por un quítame allá esas pajas, se pelean como fieras rabiosas. ¿Tiene solución la convivencia mundial? ¿Seremos capaces de entendernos los unos con los otros? ¿Podremos distinguirnos los hombres y las mujeres del resto de animales?
Que en los Documentales de la Dos, veo que ninguno se libra de vivir con miedo al más fuerte. ¡Qué afán de pelea! Es que matan sin necesidad muchas veces, Desiderio. Y veo que el hombre no se libra de semejante condición.

El calentador de mi casa no calienta el agua que va a la ducha. Con el Seguro-Hogar pensaba yo que tal minucia  no sería problema. Acudí a decirlo a mi Compañía y, efectivamente, me proporcionaron a un operario, que vino a casa a ver in situ la avería.
Ver un calentador por dentro es como abrir un televisor: solo conoce sus piezas un técnico. Te quedas sin saber dónde ha tocado ni qué ha puesto nuevo, y a pagar lo que te pida por la reparación.
-Pero, ¿no lo paga tu Seguro?
-El Seguro te dice que tal siniestro no lo cubre tu Seguro, que ellos te mandan a un obrero que lo arregle. Y así ha sido. “Ya funciona, ciento cincuenta euros”. Y las palabras que digas están de más.
Vamos, como aquel relojero: “Si no ha hecho más que soplar, ¿cómo me pide tanto?”. Y el obrero le dice serio: “Pero hay que saber soplar”.

Cuentan que Jesús fue al templo y viendo a los vendedores, dijo: “Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”. Y los echó a latigazos. Luego, todos los días, iba a enseñar allí. Los sumos sacerdotes, escribas y fariseos quisieron echarlo, pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada porque el pueblo estaba con Él.

Tengo delante de mí el ordenador y siento un profundo respeto por él. No sé si a ti te ocurre lo mismo. ¿Alguien sabe cómo muestra en la pantalla lo que le pides, lo que le ordenas que salga? -¿Se llamará por eso ordenador?-. Que sale no hay duda; pero de eso a conocer el misterio que se cuece en los entresijos de su “cerebro”, de su “estómago”, de sus “tripas”, de su “dentridad”, hay un abismo.
-¿Tú conoces el ordenador? –preguntas.
-Sí, claro –te contestan con más vanidad que un pavo.
-¿Qué sabes del ordenador?
-Sé encenderlo, entrar, escribir, borrar, sacar lo que escribo por la impresora…
Mi amigo Juan Antonio, ya fallecido, me miraría con sonrisa de sabio, para decir que no era esa mi pregunta. Él, que pasó su vida como Profesor de electricidad en un Instituto, no comprendía cómo se guardaba en un “pinganillo” o pendrive, de cinco centímetros de largo por dos de ancho y uno de alto, todo el Quijote, los Episodios Nacionales, la Divina Comedia y las obras de Azorín.
No me cabe en la cabeza. Creo que nos desborda. “¿Conoces el ordenador?”. “Sí, claro: escribo con él todos los días”. “No, no te pregunto eso. Te pregunto si sabes lo que tiene dentro para que vomite una montaña siendo su tamaño de un comino”.
-Hombre, saber lo que lleva dentro…
--Entonces tú no sabes lo que es un ordenador.
-Es un instrumento de trabajo.
-Hasta ahí, de acuerdo, pero más allá misterio. Como otro universo que a fuerza de verlo llegará a sernos familiar. Pero ¿quién sabe cómo ni cuándo se formó el universo?

                                   Francisco Tomás Ortuño

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