14 noviembre 2016
Te cuento…
Murcia, lunes, la una. A la chita callando, el día del mes se acerca peligrosamente al 16 del año. Mañana permanecerá callado, cabizbajo y meditabundo, y pasado saltará sobre su presa a librar la batalla.
Doce veces se enfrenta el año con los meses de turno; y las doce lo mismo: permanece impávido, se mantiene firme y deja que pasen por encima. Sabe que al treinta y dos no llegan.
El año (20)16, en doce ocasiones, se las ve con el día 16, y sabe que tiene que estar prevenido.
Amanecimos en Santana, de Jumilla, y ahora aquí de nuevo, en la calle Federico Balart, de Murcia. La que más siente los traslados es mi gata Sara, que muta del Paraíso al Infierno. No lo dice pero lo manifiesta: cuando nos ve preparando bultos, se esconde.
Sabe que volvemos a Murcia y seguro que piensa: “¿Otra vez a aquel rincón oscuro? ¡No, por favor!”. Y es que en Santana, libre para correr de día y con calefacción y cojines para dormir de noche, ni la reina de Saba. Pero no podemos hacer otra cosa; sola en el monte, no sabría defenderse de otros animales. Tenemos que traerla y llevarla con nosotros.
En el camino de Santana a Murcia está la almazara de Emilio Santos. Hemos llevado la aceituna que cogimos el sábado. La pesan y nos dan aceite. El que la lleva la entiende. El padre de Emilio y yo fuimos compañeros unos años en el Ayuntamiento de Jumilla: él Concejal de Obras y yo de Educación.
En las reuniones nos saludábamos y hablábamos. Luego murió y su hijo sigue el negocio de la almazara. No compra ni vende: él cambia aceituna por aceite. Tantos kilos recibo de oliva, tantos litros de aceite doy. Es un trueque o canje como hacían cuando no existía la moneda: yo te doy unos zapatos y tú me das una chaqueta.
“Zapatero a tus zapatos”, me dijo una vez el que compraba manzanas, porque se las llevé más verdes que la ova, “Más que manzanas parecen cebollas”, añadió. Y vendí mis manzanos. No podía repicar y estar en la procesión al mismo tiempo. Con los olivos haría lo mismo: comprar el aceite del Mercado de Verónicas, que lo tengo enfrente de casa, o las aceitunas más gordas que viera para comer.
-¿Entonces?
-Me ahorraría tiempo y dinero en abonos, riegos y monsergas, pero a mi mujer le gusta la tierra y es un capricho para ella ver la flor y luego seguir el crecimiento del fruto hasta cogerlo del árbol. Y ante eso, por caro que sea, más se persdió en Cuba en 1898.
Francisco Tomás Ortuño
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