30 octubre
Te cuento…
Mi vecino tiene una tos que no nos deja dormir. Por las mañanas, temprano, comienza su orquesta particular y todos los vecinos cerramos las ventanas para amortiguar el golpe. Es su tos un despertador original para todo el barrio.
¿Cómo describiría yo este sonido desgarrado de las siete de la mañana? Imposible. Y eso que lo tengo en mis oídos como una voz familiar: Jarchof, patrchin, cjhum. Todos los vecinos la conocen, pero estoy seguro que si intentan, como yo, plasmarla por escrito, no podrían hacerlo.
La escritura observo que es limitada, amiga Sara. Decir cosas normales es fácil, como por ejemplo: “Sobre esta mesa hay un libro”; pero si quieres expresar el ruido que hace un bolígrafo al caer al suelo, ya empiezan las dificultades. Y no digamos si pretendes escribir con alguna exactitud la tos de mi vecino. No hay letras que la expresen fielmente.
Tos fuerte, perruna, desgarrada, explosiva, interminable. Todos la conocemos bien. Si escucháramos cincuenta toses diferentes con los ojos vendados, llegado el turno a la suya, diríamos sin vacilar: “¡Esa!”. Nos es tan familiar como las campanas de la iglesia.
La tos, como sabemos, es una espiración brusca y enérgica que abre violentamente la glotis produciendo ruido. No pongas cara de entenderme, Sara. Generalmente es un acto reflejo. La tos de mi vecino es singular. Yo no conozco otra tos semejante.
Es como un volcán que arrojara gases; como una bomba que le explotara dentro, saliendo por su boca y por sus ojos la metralla: Jrrchpjpchis, tchrchjpm, jklmchis, las siete de la mañana.
Francisco Tomás Ortuño
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