11 noviembre2016
Te cuento…
Murcia, viernes, las once, San Martín.
He hablado con Fina. Se apoyaba en un carrito de la compra para andar. Me dice que canta todavía en el coro de la parroquia, y me recuerda que su marido, mi amigo Antonio Torrecillas, murió con el siglo pasado.
Te habré contado que fuimos a Fátima unos cuarenta peregrinos de San Antolín y luego escribí la Crónica del viaje, en la que dije que había nacido una estrella de la canción. Me refería a Fina. Ni la Caballé. Escucharla fue para los viajeros respetar su voz, admirar su encanto y aplaudirla a rabiar pidiendo que siguiera.
Estos carros de la compra con sus ruedas son bastones que ayudan a caminar. Creo que se han impuesto ellos solos por el ejemplo y la experiencia. No sé si los médicos los mandan a sus enfermos. Puede que los traumatólogos, o médicos del esqueleto, hayan caído en su utilidad como andaderas.
-¿A dónde vas, Jesusa?
-Al mercado a hacer la compra –dicen sin añadir que no pueden andar sin esa ayuda.
Cada vez se ven más carritos por la calle, llevados por personas mayores, disimulando su falta de fuerzas en las extremidades inferiores. Creo que fue Campoamor el que dijo en unos versos que los niños corrían y saltaban con un pie; que los mayores usaban dos piernas y los viejos se valían de tres con un bastón.
Luego nacieron unos cochecitos unipersonales donde algunos se trasladaban por la ciudad conduciendo su minivehículo.
-He visto a Alfonso en un coche de inválidos –se decía como cuando yo era niño y veía a un negro: “Madre, he visto a un negro por la calle”. Era algo raro, extraño, poco común.
Pronto fueron apareciendo más cochecitos. Quien no quería quedarse en casa arrumbado, como objeto inservible, se compraba el coche y a pasear.
Lo de los carritos de la compra es más reciente. Es otro paso paso a la incapacidad para andar. Está entre el bastón y el coche de cuatro ruedas.
Yo espero que estas andaderas se impongan sin necesidad de disimulos.
-¿Cómo andas, Julián?
-Me ayudo de mi andador; ¡qué alivio desde que lo uso!
Carritos para la compra y andadores para andar. ¿Quién usaba antes carritos con ruedas para llevar libros yendo a la Escuela? Hasta que se dieron cuenta de que los carros con ruedas llevan mejor los libros en una bolsa que a la espalda de los niños.
Mi padre decía: “¡Qué dura de subir es la cuesta de los ochenta años!”. Los cochecitos y andadores llegaron luego, como cirineos, en ayuda de los octogenarios.
Francisco Tomás Ortuño
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