29 noviembre 2016
Te cuento…
Murcia, las doce, en la mesa circular, junto al piano. Por martes, me levanté muy temprano y fui a la piscina de Inacua. En el camino recordé aquellos versos que escribí un día:
Cuando voy a la piscina,
La luna me va siguiendo
Camina que te camina.
Se cree que me va engañando,
Me dice que va creciendo
Y yo sé que va menguando.
La luna me está mintiendo,
Me dice que está menguando
Y yo sé que está creciendo.
Le llevé un libro –Nuevo Quijote- a Bladimiro. Se lo había prometido. Hasta iba dedicado: “A mi amigo Bladimiro”. Me dijo que él tenía otro Quijote con ilustraciones de Mingote, y que necesitaba de un atril para apoyarlo en la mesa. Bladimiro es manchego, y por la Mancha se aprecia mucho el Quijote.
“En un lugar de la Mancha…”. Según Clemencín, Cervantes no nombró este lugar, pero no se duda que es Argamasilla de Alba. Y explica los motivos: Creencia unánime del país; testimonio de Alonso Fernández de Avellaneda, autor del Quijote apócrifo…
Sin embargo, Vicente Gaos, catedrático y poeta, dice: “Durante mucho tiempo se creyó que este lugar era alguno determinado, como Argamasilla de Alba, y que Cervantes no quiso acordarse de su nombre por haber estado preso en él; pero no es cierto…
Don Diego Clemencín, destinado en un principio a los estudios teológicos y a la Filosofía de la Historia, fue un gran comentador del Ingenioso Hidalgo, quizás el más eximio. Nació en Murcia en1755. A los nueve años ingresó en el Seminario de San Fulgencio, vivero de notables teólogos y humanistas. Pero luego, en 1788, cambió el rumbo de su vida: conoció a doña Dámasa Soriano de Velasco, en Madrid, y contrajo matrimonio con ella.
¿Pensaría en él el asturiano don Ramón de Campoamor y Campomanes cuando dijo en una de sus Doloras:
Como te amaba tanto,
El curso se torció de mi destino,
Pues iba para santo,
Y, después que te vi, perdí el camino.
Cervantes dice en el Prólogo del Quijote:
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso que pudiera imaginarse. Pero no he podido contravenir el orden de la Naturaleza, donde cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podía dar el mal cultivado ingenio mío –modestia irónica de Cervantes por cuantos le tildaban de “ingenio lego” o sin estudios universitarios-, sino la historia de un hijo seco y antojadizo, con hechos nunca imaginados de otro alguno, como quien se engendró en una cárcel?
La duda del lugar donde naciera don Quijote, se mantiene.
Francisco Tomás Ortuño