-Murcia, las ocho. jueves, Nochebuena, Andrés
-¿Dónde escribes hoy, Juan, al norte o al sur de la casa?
-¿Qué importa dónde escriba, Andrés?
-Como siempre lo dices, pensaba que lo harías ahora.
-Pues hoy no te lo digo, Juan; te voy a dejar con la duda. Solo te diré que me encuentro solo y no de Dios.
-Has utilizado dos “solos” en la misma frase, Andrés.
-Cierto. El primero es adverbio y equivale a únicamente, que no añadiré nada más; y el segundo “solo” es adjetivo, o cualidad del sujeto yo, como bien, mal o regular; estar solo es no estar acompañado.
-En cambio dices: “y no de Dios”, que significa que Dios está contigo; ¿no es una contradicción verbal estar y no estar al mismo tiempo, Andrés?
-Cierto también, Juan: En Clase de Filosofía aprendimos que nada puede ser y no ser al mismo tiempo. “O es o no es”; pero no “es y no es” a la vez. La conjunción disyuntiva “o” se opone a la copulativa “y”. Tú estás aquí o estás allí, pero no puedes estar aquí y allí al mismo tiempo.
En la frase que dije: “Estoy solo y no de Dios”, quise decir que no puedo estar solo nunca, porque Dios posee el atributo de la ubicuidad: está siempre y al mismo tiempo en todo lugar.
¿Te conté el chascarrillo? El Maestro explicaba a sus discípulos: “Dios está en todas partes: aquí, en la calle, en tu casa y en la mía”. Un niño se levanta y exclama: “No estoy de acuerdo con lo que ha dicho, señor Maestro?”. “¿En qué no estás de acuerdo, Lucianín”, pregunta asombrado el educador. “En la suya podrá estar, pero no en la mía, que no tengo casa”.
-Bueno, dejemos las bromas y cuenta algo, que tú como Lope de Vega, pronto cumples con el trabajo de escribir: “Un soneto me manda hacer Violante…”.
Es verdad, Andrés, que hay veces que no encuentro nada en mi cabeza para contar. Ya lo dije en una ocasión:
Mi cerebro baja seco,
Baja seco como el río,
Sin un pobre pensamiento;
Pero yo lanzo el anzuelo
Por si bajara más tarde
Henchido de peces nuevos.
En esa labor estaba de cumplir con la escritura, cuando vi que había llenado las hojas que tenía que llenar. El cerebro siempre lleva algo en la reserva, que te ofrece generoso; solo hay que entrar y dar un paseo como luego por el Malecón.
Francisco Tomás Ortuño
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