2 diciembre 2016
Te cuento…
Murcia, las once y media, en el estudio que da a la calle Federico Balart. Quizás por última vez en una larga temporada.
-Y eso?
-He oído que esta tarde hace mamá el belén aquí. Y si hace el belén, antes es Dios que los santos. Hasta mediados de enero del dos mil diecisiete, estará ocupado mi estudio.
-¿Cómo amanece el día?
-Tú qué prefieres, Claudio, frío o calor?
-Calor cuando hace frío y frío cuando hace calor.
-¿Has observado que queremos lo contrario de lo que nos dan? El caso es no estar conforme con nada.
-De eso saben mucho los políticos. La gente pide toros, le dan toros y entonces quieren otra cosa; pide fiestas, les proporcionan fiestas y después no las quieren.
-¿Qué hacer entonces?
-No darles nada y que cada cual se busque lo que quiera.
-O dar lo que les guste y no mirar los gustos ajenos.
-El que manda, Claudio, debe hacer lo que crea conveniente.
-¿Tú crees, Sinesio?
-Pues claro, hombre de Dios, ¿no sabes el cuento del Conde Lucanor? Iban con un burro un padre con su hijo. Si montaba el padre solo, tenían que decir; si montaba el hijo, daban que hablar; si montaban los dos, mal, si ninguno, peor. O sea, que hicieran lo que hicieran, nunca era bien visto por todos. Con lo demás, pasa lo mismo.
-¿Entonces?
-Que la gente es disconforme por naturaleza. Cuando rechazan lo que les ofreces te están rechazando a ti. En el fondo, nos rebelamos contra los que mandan o quieren imponer sus ideas. Mira, los que gobiernan, por mucho bien que hagan, por mucho bien que proporcionen, nunca serán queridos. Tropiezan con el egoísmo de los demás. “¿Tú a mí?”, exclama su subconsciente.
-Yo creía…
-Tú puedes creer lo que quieras o cantar misa; la gente no admite que otro le diga lo que tiene que hacer o pensar. Y sabiendo eso como principio y que sin gobierno no se puede estar, resulta evidente que los gobernantes de turno deben obrar como crean que es mejor, sin pensar en lo que digan los demás.
-Ya entiendo, Claudio: que el gobernante haga lo que haga, nunca hace a gusto de todos.
-No lo dudes, compañero.
-Entonces son inteligentes, porque eso es lo que hacen: no les importa un rábano lo que digan o lo que piensen los demás.
-¿Qué harías tú en su caso?
-Trazaría un programa que considerara bueno y obraría en consecuencia sin buscar el aplauso de unos ni la censura de los otros. “Hacer el bien sin mirar a quien” sería mi lema.
-Acabemos, Claudio, que eso es lo que todos se proponen cuando empiezan su gobierno.
Francisco Tomás Ortuño
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